La historia de la Soka Gakkai en las décadas de 1930, 1940 y 1950 muestra cómo una visión religiosa —el budismo de Nichiren tal como la interpretaron Makiguchi y Toda— sirvió de puente entre la crisis espiritual de la guerra y la reconstrucción de la posguerra. Makiguchi se opuso a la ideología nacionalista no por ser contrario al bienestar de su país, sino porque creía que el culto al emperador había sustituido a la verdadera enseñanza y que por eso Japón estaba destinado al desastre. Toda, tras sobrevivir a la cárcel y a la derrota, transformó esa misma convicción en un llamamiento masivo: la salvación de Japón pasaba por volver al Sutra del Loto.
A diferencia del movimiento de Tanaka Chigaku, que había unido el budismo de Nichiren al nacionalismo imperial, Makiguchi y Toda subordinaron el nacionalismo a su fe religiosa. Para ellos, el valor supremo no era la nación ni el emperador, sino la Ley Maravillosa del Sutra del Loto. Esa postura los llevó a la persecución en tiempos de guerra y, en la posguerra, a construir una organización que ofrecía a la gente no solo consuelo, sino también una explicación del sufrimiento nacional y un camino de transformación personal y colectiva.
Hoy en día, la Soka Gakkai ha extendido su presencia a más de ciento noventa países y regiones del mundo, y su mensaje se ha alejado cada vez más del nacionalismo japonés. Sin embargo, sus raíces siguen firmemente ancladas en la experiencia de la guerra y la posguerra: la creencia de que la religión no debe refugiarse en la vida privada, sino que tiene la responsabilidad de transformar la sociedad; de que la verdadera lealtad no consiste en obedecer al poder, sino en servir al bienestar de todos; y de que, en tiempos de crisis, la fe compartida es la fuerza más poderosa para reconstruir un país.
